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Palabra y Ensayo: MILITARES Y CIVILES: LA HISTORIA DRAMÁTICA DE ESPAÑA EN CLAVE DE FUNCIONARIOS
Enviado el Tuesday, 01 March a las 13:14:06
Tópico: Texto y fotografía
Nuestra historia política en clave de funcionarios. Madariaga y Castelao. Escrito por José Antonio Durán

Hace 34 años me presentaba a los lectores con una historia de caciques, bandos e ideologías. Llamó la atención por la originalidad de su enfoque. Comparado con aquel presente histórico, el análisis del ejercicio del poder en nuestros días nos parece de una gravedad incomparable. La situación, iniciada en una España muy centralizada, se ha reproducido en todas y cada una de las Comunidades Autonómicas. En la Nueva España de las Autonomías.

El Gobierno (Psoe), que se considera de izquierdas y se ha presentado a sí mismo como paritario con la sociedad que gobierna, cuenta, en efecto, con el mismo número de “chicos” y “chicas”. Por trivializarlo de este modo. Sin embargo, si bien se mira, al igual que el anterior gobierno (Pp) está compuesto (con rarísima excepción) por funcionarios y empleados públicos. La “guerra civil” de cada día, como las cuestiones estatutarias, los escándalos y las noticias que nos agobian, se entienden mejor cuando se reconoce esta evidencia.

La toma del poder del Estado por sus empleados –civiles o militares- es, en nuestro concepto, una de las claves que ayuda a entender la confusión que padecemos. Pero la profunda gravedad de ese trasfondo viene de lejos… Y ese es el tema de la conferencia.



Inevitablemente, en este regreso “con memoria” a los cursos estivales que llevan el nombre de Carlos Gurméndez (inolvidable colaborador de nuestras televisivas historias con data) tengo que agradecer al alcalde de Pontedeume, Belarmino Freire, y a Luis Mera, mi querido amigo, no sólo su invitación para que les dirija la palabra en el día de hoy. Tengo contraída con ellos una deuda de las que duran toda la vida, por sus atenciones de cuando (inesperadamente) pasé por la cinematográfica experiencia de una “amnesia total transitoria”.

En una villa tan bella como Pontedeume. A la que había llegado tempranito, dispuesto a pasearla y gozarla, como otras veces. Villa, por lo demás, ligada a personajes de nuestra obra intelectual, como el funcionario jurídico-militar Valeriano Villanueva, que ejerció sobre la dimensión agraria de nuestros libros y sobre las relaciones entre Burocracia, Poder y Caciquismo, enorme influencia.

* * *

Leí aquel día (me cuentan que con absoluta normalidad) la conferencia titulada Traxectoria e pensamento do Castelao exiliado. Planteaba en ella algunos asuntos internacionales relativos a este poliédrico personaje (que, entre otras muchas cosas, fue funcionario del Estado Español, y que -sin dejar de serlo- lideró una corriente y un partido nacionalista, radicalmente disconforme con la estructura territorial del Poder de ese Estado). Cuestiones que –en su trasfondo más general- reaparecerán hoy, porque nos transportan al ambiente -intelectual, político, ideológico- de las insólitas Memorias de un federalista. Libro de Salvador de Madariaga, esto es, de un escritor gallego que fue tan poliédrico como Castelao y que, entre otras muchas cosas importantes, fue -como bien saben- funcionario internacional de primer nivel, cuando no existían -como hoy existen- la legión de funcionarios que se las gastan de "internacionales".

Escrito en los años sesenta del pasado siglo, en el tardofranquismo, cuando muy otras parecían las cuestiones primordiales de los españoles, Madariaga advertía –desde la introducción- que, para él, la cuestión de “la pluralidad y la unidad de España” iba a ser “la más angustiosa” entre las que se encontrarían los herederos del Poder, después de la Dictadura del General Franco. Libro que, según el inolvidable Paco Pillado, quiso anticipar Madariaga en las páginas de La Voz de Galicia, sin lograrlo, porque la iniciativa topó con la censura ministerial del ministro-funcionario de aquel turno, Manuel Fraga Iribarne

Pasa, sin embargo, que Sempre en Galiza (que es, entre otras cosas, un libro de Memorias del gallego Castelao, funcionario del Estado Español), está harto difundido (incluso muy leído) en Galicia, mientras Memorias de un federalista, del gallego Madariaga (funcionario internacional), lo conocemos en Galicia los que aquí estamos y muy poquitos paisanos más. Puedo aventurar con fundamento, porque paso entre españoles que no residen en las áreas más sensibles a la problemática nacionalista la mayor parte del año, que el contenido de estas dos memorias (de incuestionable importancia), se desconoce casi por completo, a pesar de la gravedad del vaticinio de Madariaga, desgraciadamente cumplido. Y que la mayoría de quienes, entre estos españoles desconocedores, se las gastan de tolerantes diciendo -por ejemplo- “Estado Español” para denominar a España, no tienen mucha idea del trasfondo de la denominación, que entenderían muy bien leyendo a Castelao y Madariaga simultáneamente. Porque, siendo antitéticas, las dos memorias coinciden en el cuestionamiento del poderío de la Administración Central en la España de su tiempo y porque están escritas por dos personajes que se declaman federales. Esto es: que sitúan la cuestión del Poder territorial como una de las claves del llamado problema de España. En el caso de Madariaga, en el centro mismo también de la construcción de Europa, como peldaño (necesario en su concepto) para la “federación universal”.

* * *

Me dicen (digo) que leí aquí mismo aquella conferencia sobre el Castelao desterrado con toda normalidad, como ahora trato de leerles ésta de Madariaga, y tengo que creerlo porque me lo dicen, dado que yo no recuerdo nada de aquel día, y (se me dice también, por quien más sabe de la dolencia) que no podré recuperarlo nunca jamás.

“Amnesia total transitoria”, enigmática dolencia de los individuos y de los pueblos, que aparece y desaparece como por encanto, y que no deja de tener cierta gracia (por mala que sea) cuando la padece un contador de historias, plagadas de memoria, reflexión muy propia y experiencia personal. Fruto de los años de acción y de trabajo intelectual de quien entiende su tarea como una contribución a la Sociedad, para que ejerza y no delegue jamás los derechos y deberes de Ciudadanía. Trabajo, en definitiva, de historiador, que ha de contribuir -en la medida de sus fuerzas- a que la Sociedad tenga Memoria. Entre otras cosas, para hacer imposible lo que venía a ser –en versos de Heine- aplicados por Marx al problema de España- la conclusión de aquella conferencia: que la de España deje de ser de una vez por todas “una vieja historia que siempre acaba igual”. De la peor manera. Como la historia de Europa.

* * *

La memoria de lo que hice aquel día la he perdido para siempre, como experiencia individual, aunque, de proponérmelo, podría acaso recuperarla como historiador, y asumir la experiencia personal de aquel achaque como acicate para mi trabajo. No teman, porque no haré tal ejercicio con ustedes y porque mis días sueltos tienen poca importancia. Puedo renunciar a uno. Sin embargo, mi relato de hoy va estar entreverado de memoria y experiencia. Quiero hacerles partícipes del trasfondo de los asuntos –demasiado novedosos- pero que nos afectan a todos de manera especial.

Ésta memoria por ejemplo. Cuando era jovencito, yo quería ser “funcionario internacional”, “técnico internacional”, “experto” en cuestiones internacionales. De la UNESCO, concretamente. Tres denominaciones que han sido otros tantos oficios de Salvador de Madariaga. Pero sólo en los años sesenta fui algo parecido a eso. Cuando se preparaba en España la Reforma Villar Palasí del sistema educativo, participé intensamente, bajo la dirección de los funcionarios de la UNESCO que comandaba Ricardo Díez Hochleitner, actual presidente del Club de Roma. Con ellos tuve peso especial en el equipo técnico que realizó el Plan Galicia, pionero de la reforma. Intervenía así en la que resultó ser una auténtica revolución urbana, que marca el antes del después de este país de aldeas y parroquias que se fueron “a la mar que es el morir”, con las concentraciones escolares comarcanas, el transporte escolar masivo, la coeducación de sexos, etc. etc. Aquella revolución, dirigida por técnicos internacionales, capital en la vida local y en la experiencia personal de muchos de ustedes o de sus padres, la financió otra intitución internacional: el Banco Mundial.

* * *

Cuento esto, evidentemente, con toda intención, para que nadie piense que los funcionarios, técnicos y expertos internacionales, son personajes del “otro mundo”. Algo ajeno y distante a nuestras propias vidas. Lo internacional forma parte de lo más local y próximo de cada quien desde mucho antes de que España entrara a formar parte de la Comunidad Europea y de que se hablara (con tanta alegría como hacemos hoy) de mundialización o de contramudialización del mundo.

En mi caso, sin embargo, aquella experiencia de primera mano con los técnicos de la UNESCO fue ocasional. Desde los treinta años me he convertido en rarísimo ejemplar de escritor investigador independiente de toda institución, cuya obra ha ido creciendo como las flores silvestres, sin haber recibido del Poder (Central o Autonómico) ni una sola subvención, sabático ni prebenda parecida. He llegado a eso, sin embargo, porque tuve el período previo experimental, de pasada por los ministerios, que me hizo tomar fuerzas para realizar ese milagro.

Así de distante andaba, ajeno por completo al mundo de los funcionarios, cuando el director del Instituto Nacional de Administración Pública, el INAP de España, me pidió que contara en audiovisual los sesenta años de historia de su institución. En ello estaba. Y en medio de esta abrumadora tarea documental, me llegó la petición de Luis Mera.

"¿Por qué no nos cuentas, desde esa experiencia en la que estás metido, la trayectoria de Madariaga como funcionario internacional?". ¡Casi nada!. Lo verán de inmediato.

* * *

Prometí pues a nuestro común amigo que el centro de mi intervención estaría en las Memorias. Y he comenzado por mentarles un libro unitario: las excepcionales Memorias de un federalista. Como ustedes saben, Madariaga va recordando en ese libro cómo se encuentra con el problema de España, desde la etapa formativa, cuando comienza a residir en Francia y Gran Bretaña; pero recordarán también que ese fragmento de memoria se torna en dramático cuando se refiere al comportamiento faccional de los sectores dominantes del nacionalismo catalán y vasco en la historia española del siglo XX. Sobre todo, en la dramática circunstancia del alzamiento militar de 1936, la guerra civil española y la posguerra internacional.

En el momento en que el objetivo primordial del republicanismo español debía ser ganar la guerra y restablecer el prestigio de la República, no hubo apenas nada de eso. Y por no haberlo, nuestro paisano Madariaga (que, entre otras cosas, fue el consejero internacional de casi todos los Gobiernos de la República y ministro instantáneo) se convirtió, tras la victoria del general Franco (otro insurgente funcionario del Estado) en un desterrado más. Como Castelao. Como tantos otros desterrados y refugiados de antes, de entonces y después, a los que yo recordaba en aquella conferencia. Nacionalistas, socialistas, anarquistas, comunistas y los poquísimos republicanos sin otro adjetivo (o por encima de todo lo demás) que tuvieron que dejar España (o sufrir en el interior las consecuencias). Y claro está, el general Franco ganó la guerra, superó la posguerra (y la guerra internacional) y se impuso siempre como mal menor frente al tribalismo (no de los republicanos, que no hubo apenas en España en ninguna de las dos Repúblicas), sino de las distintas tribus que dentro de cada movimiento social quisieron imponer sus puntos de vista, en cada momento, y por veces con el recurso faccional de la guerra dentro de la guerra. ¿Victoria pues del Generalísimo o derrota en todos los campos de todos, absolutamente de todos los demás, incluido el Madariaga, que también vivía en cierto modo de la guerra, como allegado histórico a la Sociedad de Naciones?

* * *

Las Memorias de un federalista tratan, en efecto, de manera monográfica, de un segmento muy activo y pertinaz de este tribalismo. De quienes –entonces, como hoy- se echaron (y se echan) tierra a los ojos, negando la existencia de una Nueva España descentralizada, a pesar de las evidencias, ejerciendo de Anti-España sea cual sea el cariz de la política española. En su caso, aprovechando la debilidad de una República en guerra contra el unitarismo del enemigo común, que ya agitaba la vieja divisa prefascista, absolutista y clericalista del "Santiago y Cierra España".

En ese libro, sin embargo, el gallego Madariaga (que fuera impuesto por Azaña a Casares Quiroga como candidato electo de la Organización Republicana Gallega Autónoma) no menta apenas a su jefe gallego y no menta en absoluto ni Sempre en Galiza, ni a Castelao, ni al Partido Galeguista, ni al nacionalismo gallego. Y no lo hace por desconocimiento, dado que anduvo en medio de los dos movimientos, trató a sus líderes principales y conocía el resultado oficial del plebiscito para el Estatuto de Autonomía de Galicia de 1936. No lo hizo –parece evidente- por la misma razón que tampoco menta –más que de pasada- al nacionalismo de Cambó. Porque ni ORGA, ni el Partido Galeguista, le parecieron nunca faccionales. Porque con todas las críticas que pudiera merecerle, el autonomismo y el nacionalismo gallego y esa importantísima facción del nacionalismo catalán, planteaban el problema de España de otra manera. No formaban parte de la Anti-España. Su línea era, como la suya, federable o federal. Integradora. Así pues, aunque antitéticas, las Memorias de Castelao y Madariaga son dignas de leer y reflexionar al mismo tiempo, porque se complementan y, sobre todo, porque completan –con apéndices documentales de gran valor- la documentación que debe tener siempre a mano el estudioso de la época y el simpatizante del nacionalismo.

* * *

Además de esa lectura, desde el punto de vista de nuestro compromiso de hoy, el enfoque de Madariaga presenta otra novedad excepcional, precisamente porque el libro está escrito desde la experiencia de un funcionario internacional. Esto es: de una memoria, que (al margen de su extraordinaria rareza), no aparece trufada por el desconocimiento de otros Estados pluriculturales, comparables a España. Que también los hay. Sin salir de Europa.

En ese libro, en efecto, leemos la experiencia que Madariaga tenía del tradicional “divide y vencerás” de Gran Bretaña o Francia, al que habría que oponer una política exterior (inexistente en todos y cada uno de los Gobiernos de una República, cazada por los problemas interiores). Un déficit que, llegado el momento, se tradujo en soledad y en alianzas forzadas que aumentaron la desunión interior, como en el caso de la alianza con el stalinismo y la Unión Soviética. En una Europa problemática, condicionada por el resultado de dos guerras civiles internacionales (tan crueles, cuando menos, como la guerra civil española). Guerras que presentaron en el escenario mundial, descarnados, los intereses de los Estados Unidos, como potencia federal emergente.

Él, en efecto, podía hablar con rigor del federalismo norteamericano, o de Bélgica o de Suiza, como podía hacerlo también –en este caso- su paisano coruñés Casares Quiroga, dado que ambos vivieron largamente en esos países y hablaban sus lenguas. Mas ese no era el caso común de tantos otros, que convirtieron en dogma la palabra federalismo, sin tener apenas idea de su contenido.

* * *

Pero esas Memorias –decía- son raras. Y presentan, por lo mismo, interés adicional. Quiero contarles por qué.

El funcionario Castelao, por ejemplo, por el contrario del funcionario Madariaga, dedicó una parte importante de su vida a la función pública; pero no dedicó a tal función apenas una línea. Se comportó como viene siendo norma común entre los de su oficio.

El de la Burocracia siempre ha sido en España un mundo cerrado sobre sí mismo. Casi impenetrable. En realidad ni siquiera hoy, en la época de las estadísticas, sabemos a ciencia cierta cuántos funcionarios hay. Cuando se hizo algún acercamiento al asunto, hubo propensión a que se produjera desde dentro. Los estudios más notables que conocemos sobre los funcionarios son muy tardíos. Están firmados por funcionarios y, bien de veces, hay que leerlos en las revistas y en las editoriales específicas de funcionarios. Como si tan sólo a los funcionarios debieran interesar. De ahí que, como habitantes cerrados sobre su estamento y su cueva, el castellano aplicara a los más significativos el nombre contundente de covachuelistas.

Incluso atendiendo a esta clase de literatura funcionaril, el funcionario Alejandro Nieto señala la ausencia de estudios o memorias dignas de mención en lo que se refiere al siglo XIX. Cita dos excepciones: la del funcionario Andrés de la Oliva, primer director de la famosa Escuela de Funcionarios de Alcalá, uno de los antecedentes del INAP de hoy, de cuyo profesorado habían formado parte Villar Palasí y Díaz Hochleitner, los reformadores de la enseñanza, y el funcionario Eduardo García de Enterría.

La referencia a éste funcionario del Estado español es muy interesante, porque a García de Enterría (figura eminente de la profesión) dedicó Madariaga las otras Memorias de funcionario, de excepcional interés también, dado que incorpora a ellas la novedosísima experiencia de su paso por la Secretaría General de la Liga de Naciones. Cubren el período 1921-1936, anterior a la guerra civil: Amanecer sin mediodía.

* * *

Madariaga firma la dedicatoria a García de Enterría a sólo unos meses de la muerte del general Franco. En 1974. Dos años antes de su primer regreso a España, tras el destierro del 36. Así pues, dada la relevancia de García de Enterría en la Universidad y en la Administración Española, la dedicatoria nos recuerda –como en el caso de la Reforma Villar Palasí-Díaz Hochleitner- las intensas relaciones de las organizaciones y los expertos internacionales con la élite administrativa del franquismo. Algo que se olvida demasiado a menudo.

Pues bien: en ese momento, el sociólogo Miguel Beltrán, funcionario también, formado en la Escuela de Alcalá, se convirtió en autor del primer libro digno de mentar sobre la élite burocrática española. En ese libro, Beltrán extiende el vacío de estudios y memorias acerca de los funcionarios españoles hasta los años 60 del siglo XX. Esto es: hasta que el INAP pega un vuelco rotundo en la tendencia.

Pero Nieto y Beltrán hablan, claro es, de libros de memorias. Porque todos tenían que conocer, forzosamente, aunque no se citen nunca, los ensayos revisteriles de Luis Jordana de Pozas (a quien el reformista Villar Palasí) acaba de calificar de “creador de la ciencia administrativa” en España.

* * *

Jordana, en efecto, publicó –en 1952, como si nada- un estudio insólito y penetrante sobre la Administración española en la revista de funcionarios que publicaba entonces el Instituto de Estudios Políticos.

En tiempos de franquismo puro y duro, dijo que España venía siendo, desde los años veinte por lo menos, “una mesocracia burocrática". En sus propias palabras:

No está regida por los nobles, ni por los ricos, ni por las clases populares. Predominan notoriamente en su gobierno y administración los funcionarios civiles y militares.

Sus números aún eran más terminantes que sus palabras. Aquellos ensayos, plagados de utilísimas referencias autobiográficas sobre las conexiones internacionales de los funcionarios españoles, tuvo que molestar, por lo tanto, a los mismos que se molestaron seriamente cuando aparecieron –tras la muerte del general Franco- los primeros estudios sociológicos sobre la élite burocrática española. Sobre todo, los que firmó otro ex alumno y ex director del INAP: el funcionario Mariano Baena del Alcázar.

* * *

De manera críptica por demás, los estudios sociológicos de Baena del Alcázar hablan, en realidad, de un auténtico secuestro del poder político español por parte de una minoría: los funcionarios civiles y militares del Estado. Entonces, durante el franquismo, de manera radical, casi absoluta, secuestro del Poder Político por parte de las grandes familias que señoreaban la Administración Central. Hoy, más complicadamente, pero del mismo modo, en lo que se refiere a las administraciones Central y Periférica. Comunitaria y Local.

Para más, y es una de las vertientes que convirtieron en importante la obra de García de Enterría, el corporativismo reina de manera despiadada en este ambiente burocrático. Desde la Universidad hasta la Administración Local, corporativismo, clientelismo, hermetismo burocrático. Razón, por cierto, de que ni siquiera en las más célebres encuestas acerca del poder político en España, caso de la celebérrima encuesta sobre oligarquía y caciquismo de Joaquín Costa, aparecieran (más que de forma incidental) las relaciones básicas que entrelazan a los funcionarios con el Poder y el Caciquismo de cada tiempo histórico. Un silencio que, por su contundencia, se convierte en la mejor prueba, de que el corporativismo reinante en ese mundo impide plantear la cuestión.

* * *

De ahí que no existan libros de Memorias de funcionarios o que, cuando los funcionarios las escriben, hablen de sí mismos como políticos, como artistas, como literatos. No como personajes a los que ha costeado la sociedad, a través de los impuestos, lo que debiera haber sido el núcleo principal de su trabajo: la función pública. Costosísima, por lo demás.

Una cuestión de Estado, de incomparable importancia; pero que, como tantas otras vertebrales, queda oculta tras planteamientos demoledores del día a día, como la cuestión del Poder territorial del Estado, a la que son tan sensibles los propios funcionarios.

Por eso no hay Memorias de funcionarios, dicen. Pero ya estamos viendo que no es cierto, porque –excepcionalmente- también las hay.

Sin salir de Galicia, hay muy pocas, pero excelentes, memorias de funcionarios. Las de Luis Taboada, irónicas y divertidas como suyas, son excepcionales, porque se refieren además a las corruptelas de los funcionarios progresistas del siglo XIX. Las de Valeriano Villanueva, del siglo XX, también, porque este eumés llega a plantear el problema político de su tiempo como una lucha nada sublimada por los cargos y los destinos públicos. El mandiño, que al poeta Manuel Antonio parecía tan gallego, es más bien vicio de funcionarios de cualquier escala y de aspirantes a serlo, en el parecer de don Valeriano. Y -mucho me temo- la recurrencia de Madariaga a la caracterización mecánica de los pueblos, cuando habla con tanta alegría del ser de ingleses, franceses, portugueses, extremeños, asturianos o gallegos, tiene que ver con su experiencia personal del trato con funcionarios de esas procedencias, porque el del carácter nacional es un mito o un cuento tan reiterado como el de las esencias nacionales y la buena pipa...

* * *

En el caso Madariaga, además, las memorias ni siquiera callan las corruptelas corporativas de un oficio que le ha permitido (a él, como a otros tantos funcionarios) escribir una parte importante de su propia obra en horas de “cátedra y oficina”. No contentos con eso, la Sociedad les paga sabáticos, congresos de nutridas comitivas oficiales con excursiones y paradiñas gastronómicas, sin contar las convocatorias corporativas de cursos, cursillos, conferencias, etc., con cargo al presupuesto. Una normalidad que ni siquiera llama la atención; pero cuyas consecuencias sociales y culturales ni siquiera voy a plantear.

La rareza de los libros y artículos de Memorias de Madariaga consiste pues, en que su actitud difiere por completo de la norma. Pero, claro es, no estamos en su caso ante un funcionario común. Estamos ante uno de los primeros funcionarios internacionales que hubo en el mundo.

Él puede contar, pues, cómo llegó a la secretaría general de la Sociedad de Naciones, cuando el corporativismo burocrático y endogámico de la Universidad española le vedó la entrada, a pesar de sus credenciales, sus lenguas, su competencia, bien probada. “Mientras en Madrid –escribe- se supeditaba la competencia al diploma; en Oxford, se supeditaba el diploma a la competencia”. Narra también cómo por la vía habitual de la recomendación de su tío Rogelio, que era periodista económico y diputado a la sazón, pudo superar él –que ya era ingeniero con experiencia profesional, titulado en París- a otro ingeniero funcionario, titulado en Madrid, molesto con que se le colara de rondón el parisino. Accedió así a la secretaría de una de las habituales excursiones gastronómicas que se denominan congresos, donde –de creerle- sólo él (que dominaba el francés y el inglés) trabajó de lo lindo, llamando la atención de los máximos responsables internacionales de la Sociedad de Naciones, que lo ficharon para muchos años.

* * *

Claro que también hay silencios expresivos, como en todos los libros de Memorias. Éste, por ejemplo. Por qué sus padres se tomaron tanto interés en darle, desde la juventud, cultura internacional, mandándolo a Francia y Gran Bretaña, buscando las recomendaciones necesarias para que se convierta en funcionario internacional, cuando apenas existían en el mundo.

Voy a tener la ocasión de contarles una primicia biográfica aclaratoria que les agradará particularmente, porque sitúa -desde otro ángulo, desconocido y relevante- la envergadura histórica de José Canalejas, El Cantor de Mugardos. El estadista mejor dotado de su tiempo, según Madariaga.

El Canalejas que alentó en Galicia el vigoroso movimiento agrario y revolucionario de Acción Gallega, para que su tierra natal no se rezagara en la conquista de su Mancomunidad, es el mismo que, por intermedio de Portela Valladares, removió toda la cuestión territorial en Cataluña, alentando la Mancomunidad y el uso institucional de la lengua catalana. En palabras más que justas de un informadísimo Madariaga:

La muerte de Canalejas cortó un haz de evoluciones razonables de problemas españoles: el catalán, el religioso, el de la incorporación de la izquierda a la monarquía y la apertura de la monarquía a la izquierda.

¡Claro que sí! Y algo más que Madariaga nunca nos dijo y que incluso los historiadores desconocen. Canalejas tuvo vida para conectar la inerte, retardataria y provinciana actitud del funcionario español, conectándolo con los movimientos internacionales de reforma. Y utilizó a los Madariaga para esta tarea.

* * *

Con Canalejas, en efecto, tuvo singular relación uno de aquellos Madariaga titulados, de origen vasco, de que nos habla en las Memorias sin mentarlos nunca por su nombre: Juan de Madariaga Suárez, conde de Torre Vélez.

Estos Madariaga Suárez, como los antepasados del escritor coruñés, fueron militares y marinos de alta graduación, y transitan –significadamente- por los mismos espacios que el padre, el tío y el abuelo paterno de nuestro personaje. Anticipan, además, todas, absolutamente todas, las dedicaciones posteriores de los Madariaga. Liberal-demócratas, dan al periodismo y a la acción internacional desde muy pronto.

En 1910. Cuatro años antes de que estalle la Primera Guerra Mundial, ocho antes de que la Sociedad de Naciones entre en el discurso del presidente Wilson, salió de España hacia Bruselas la primera embajada oficial de funcionarios, dedicados a la materia administrativa, que participaron en el primer congreso de un naciente movimiento internacional de administrativistas, de máxima importancia. Del que, en definitiva, ha de venir el nacimiento del Instituto Internacional de Ciencias Administrativas de Bruselas y el movimiento internacional que decanta en los Institutos Nacionales de Administración Pública: los INAP del mundo. Esto es: un movimiento político y educativo de primer nivel que busca la reforma y actualización de las burocracias nacionales mediante la asistencia internacional, para que no frenen los grandes cambios políticos, económicos y desarrollistas que se han venido sucediendo (en el llamado Occidente, timoneado por los Estados Unidos de América) desde el Plan Marshall.

Un movimiento de reforma y educación permanente, de apariencia nacional, pero dirigido mayormente por funcionarios y expertos internacionales. Como otras reformas sustanciales españolas a que me he referido, lo internacional abraza lo local.

* * *

Juan de Madariaga Suárez, conde de Torre Vélez, presidió la histórica embajada. Lo internacional, pues, entra en el horizonte familiar y local de los Madariaga mucho antes de que Salvador de Madariaga acceda a la Sociedad de Naciones. Pero es en ésta, sin lugar a dudas, donde se consolida (por primera vez) el género de los funcionarios internacionales y el sueño de crear otra realidad: una especie de burocracia pacifista e internacionalista.

Fue en aquel entonces. Cuando se topó de pronto con la llamada Sociedad de Naciones. Una mixtificación, en la realidad, de la idea que soñara (entonces como utópista) el mismísimo presidente Wilson.

Ahí es nada para un joven ingeniero de la España neutral, que acaba de presenciar una guerra civil internacional del alcance de la Primera Guerra Mundial, la posibilidad de ponerse a trabajar en primera fila a favor de una idea, defendida incluso por uno de los más poderosos personajes del escenario de la época, y que aspiraba a poner fin a la guerra, la lacra más siniestra de la historia del hombre. Lacra que las revoluciones liberal-democráticas (a pesar de sus logros incomensurables en todos los órdenes) no consiguieron atajar, por exceso de nacionalismo fronterizo, custodiado por mílites, banderas, himnos y armamento.

Pero la distancia entre lo que creía haber iniciado y la realidad fue evidente desde muy pronto: “Yo soñaba -nos dice- con un gobierno mundial con perspectiva mundial, y me encontraba con una organización internacional, más nacional que inter”.

* * *

Aquellos funcionarios, pagados por todos los países asociados, sólo eran funcionarios -en la realidad- de sus gobiernos respectivos. Y ni siquiera los encargados de crear con esos fondos “un servicio civil mundial”, creían firmemente en la importancia histórica de su cometido.

Recordarán ustedes con qué penetración lamenta Madariaga en sus libros de Memorias la derrota política, de enormes dimensiones, que sufrió en su propio país aquel presidente norteamericano, y el viraje que -desde el sueño wilsoniano- se operó, tras aquella derrota, en la casta dominante de unos Estados Unidos que, lejos de proseguir su empeño, abanderaron desde entonces la tesis imperial ultranacionalista de las reformas inter-nacionales, haciéndolas conciliables con el armamento, el ejército y las intervenciones militares. Así pues, al antecedente de la Sociedad de Naciones seguirá, tras la Segunda Guerra Mundial, el consecuente de las llamadas Naciones Unidas.

Pero las “Naciones Unidas” resultaron ser, como la Sociedad de Naciones, una contradicción inerte. Desde entonces hasta hoy, la ONU fue más bien un organismo donde levitan funcionarios inter-nacionales costosísimos.

* * *

Galicia ha contribuido con dos ejemplares de primer nivel al funcionariado internacional.

Todo el prestigio y toda la influencia de Madariaga en los campos más distintos, no sería siquiera concebible sin la experiencia acumulada en su dilatada relación con la Sociedad de Naciones. Bibiano Fernández Osorio (Tafall), más a las calladas, fue -después de él- el más brillante funcionario español de la ONU y de la FAO, hasta su jubilación de los años setenta.

En uno y otro caso, vivieron la misma experiencia y la misma frustración. Sin embargo, a pesar de todo, mantuvieron viva una idea que también a nosotros nos parece el objetivo revolucionario del siglo XXI: hacer avanzar la mundialización de nuestro pequeño mundo hacia una especie de Estado Mundial auténtico. Metiendo este sueño de la Humanidad en la fase final como utopía. Reorientar, en definitiva, la lucha internacionalista de todos los humanos racionales del planeta hacia la constitución de ese Estado, sin enemigo exterior y sin gastos militares, para ser en él todos, hambrientos o alimentados de hoy, ciudadanos del mundo ¡auténticos!. No formales, afectados meramente por una Declaración Universal de Derechos inertes. Un mundo, en definitiva, donde los migrantes no sean extranjeros, sino ciudadanos afectados por los lógicos movimientos interiores de población.

¿Cómo reconvertir la pasión nacionalista en acción racional internacionalista? ¿De qué lado estarán los funcionarios nacionales e inter-nacionales en este proceso? Madariaga, como viejo federal, nos habló algo de esto; pero será excelente motivo de conversa para este día de verano y para los venideros.



Nota: Conferencia de José Antonio Durán

 
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